ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LOS INDIGENAS EN LA MISIÓN DE SANTA TERESITA
Mariscal Estigarribia
Martes 17 de mayo de 1988
Amadísimos hermanos indígenas del Paraguay:
1. Ymá güivéma, aimesé pendendivé. Ha péina ága, aimema pendeapytépe. (Hace ya mucho tiempo que he querido estar con vosotros. Y heme aquí ahora, ya estoy entre vosotros).
Desde esta misión de Santa Teresita quiero dirigirme a los nivaclé, guaraníes occidentales y guaraníes ñandeva; a los lengua, sanapaná, angaité, toba maskoy, guaná, manjui, toba qom, maká, ayoreo; y a los aché, mbyá apyteré, avá chiripá, y pai tavytera. Sé que para muchos de vosotros ha supuesto un verdadero esfuerzo venir a este encuentro con el Papa, ya que habéis tenido que atravesar las inmensas llanuras del Chaco paraguayo. Me conmueve este sacrificio para estar hoy todos juntos. Llegue también mi saludo a los chaqueños y pobladores indígenas, tanto a los nacidos en este suelo, como a los que han venido de otros lugares para vivir y trabajar en esta tierra.
Asimismo me dirijo a todos vuestros hermanos llegados de otras partes del continente americano: a los que vienen de Bolivia y Brasil. Os ruego que hagáis llegar igualmente mi saludo de gozo y paz en el Señor a todos vuestros pueblos y familias. Saludo también a vuestros Pastores, a los sacerdotes, a los misioneros, misioneras y catequistas, en particular de la diócesis de Benjamín Aceval y del vicariato apostólico del Chaco paraguayo. A todos agradezco el afecto y el cariño que me habéis manifestado.
2. Se va acercando el gran acontecimiento del V centenario de la evangelización de América. Esta fecha, que es motivo de alegría para toda la Iglesia, lo es de un modo muy especial para vosotros. Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2, 4). Por eso, confió a sus Apóstoles y a la Iglesia entera la misión de ir y hacer discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar lo que El les había mandato (cf. Mt 28, 19-20). En cumplimiento de este mandato de Cristo, a lo largo de cinco siglos, fueron llegando hombres y mujeres, impulsados por un gran amor a Dios y a los habitantes de estas maravillosas tierras, sin otro objetivo que el de difundir la luz de la fe y injertar la nueva vida, la vida de la gracia, en sus corazones.
Por la fe el hombre llega a un conocimiento más pleno de Dios, y adquiere también una dimensión más profunda de su dignidad como persona, que es común a todos los hombres. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, “todos ellos, dotados de alma racional, creados a imagen y semejanza de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen; y, porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino” (Gaudium et spes, 29). En virtud de nuestro origen común, todos somos iguales en dignidad, sin distinción de raza, lengua o nación. Ya no hay, como dice el Apóstol, ni judío, ni griego, ni bárbaro (cf. Col 3, 11), porque todos hemos sido llamados a ser “familiares de Dios” (Ef 2, 19).
Este hecho primordial de que todos hayamos salido de las manos de Dios lleva consigo enormes consecuencias para la persona, como individuo y como familia humana. La primera es que todos somos hermanos por tener un mismo Padre: Dios. Pensad, queridos habitantes de estas tierras, lo que debe significar para vuestras vidas y comportamiento profesar de veras que realmente sois hermanos, miembros de una sola familia.
Estos lazos estrechísimos en el plano de la naturaleza han sido definitivamente sellados por la redención de Cristo, que nos permite compartir la nueva vida de la gracia que El conquistó para nosotros en la cruz, y que nos hace formar parte del pueblo elegido de Dios. La fraternidad que debe reinar en el género humano ha de llevar en efecto, a una colaboración y solidaridad entre todos los hombres y los pueblos, que permita el desarrollo de todos, respetando las propias peculiaridades (cf. Sollicitudo rei socialis, 33).
3. El hombre es superior a todas las demás criaturas de la tierra, porque es capaz de conocer y amar a Dios. Por esto, no puede dejarse arrastrar por los instintos, ya que su condición de hijo de Dios le debe llevar a comportarse conforme a tal dignidad, observando los diez mandamientos dados por Dios a Moisés (cf. Ex 20, 1-17), y que Cristo ha elevado y perfeccionado con el mandamiento nuevo del amor (cf. Jn 13, 34).
Sin embargo, nuestra conciencia y nuestra experiencia nos ponen de manifiesto un hecho doloroso, esto es, que existe en nuestro interior una inclinación al pecado, una tendencia hacia modos de vida que se oponen a la ley de Dios y al querer divino. Por eso cada uno podrá examinarse con provecho a sí mismo para descubrir lo que en la propia vida y comportamiento se opone a su condición de hijo de Dios y hermano de su prójimo.
Para cumplir los mandamientos de la ley de Dios, logrando vencer así las inclinaciones al mal, contamos con la ayuda de la oración. Acudid, pues, al Señor con confianza, sabiendo que El está especialmente cerca de vosotros. Enseñad también a vuestros hijos a dirigirse a Ñandeyara –nuestro Padre Dios– con las oraciones sencillas que desde la tierna edad habéis aprendido: sobre todo, con el Padrenuestro, la oración que el mismo Jesús nos enseñó (cf Mt 6, 9-13). Invocad con frecuencia a Tupasý –la Virgen Santísima–, Madre de Jesús y Madre nuestra, rezando el Avemaría, que tanto le agrada; Ella os animará a hacer la voluntad de su divino Hijo observando la santa ley de Dios.
Los sacramentos son la fuente de la gracia divina de donde recibiréis las fuerzas para superar las debilidades propias de la condición humana. El Señor en su bondad ha previsto estos auxilios para socorrernos en cada etapa de nuestro peregrinar terreno. En efecto, el bautismo nos regenera como hijos de Dios y nos incorpora a la Iglesia. En la Eucaristía, Cristo se ofrece al Padre por la salvación del mundo y se nos da como alimento de vida eterna (cf. Jn 6, 51). A través del sacramento de la reconciliación, Jesús, al igual que el Buen Pastor, busca la oveja perdida (cf Lc 15, 4-7), va al encuentro del pecador para sanarlo de sus heridas, esto es, de sus faltas, por medio de la absolución del sacerdote.
La unión entre el hombre y la mujer la ha santificado Cristo con el sacramento del matrimonio. En él, los esposos se unen indisolublemente para constituir una comunidad de vida y amor (cf. Gaudium et spes, 48) y dar origen a una familia. En su seno nacen los hijos, fruto del amor de los padres, que cumplen la voluntad de Dios y colaboran de este modo con su poder creador. Este sacramento os da la gracia necesaria para acrecentar el amor, guardar la fidelidad y educar a vuestros hijos para que sean hombres honrados y buenos cristianos. Conscientes de la dignidad del matrimonio y de la familia, debéis rechazar aquellos modos de comportamiento que se oponen a las enseñanzas de Cristo y a la verdadera felicidad conyugal.
4. El conjunto de estas verdades de la doctrina cristiana sobre la oración y los sacramentos se adquiere y se profundiza en la catequesis. Por esto, os pido queridos hermanos indígenas, que dediquéis todo vuestro empeño a conocer mejor los fundamentos de vuestra fe católica participando asiduamente en los grupos de catequesis y meditando las enseñanzas de Jesús en el Evangelio.
La evangelización de vuestras comunidades alcanzará su plena madurez cuando tengáis muchos sacerdotes surgidos de vuestras mismas familias. No dejéis, pues, de rezar para que el Señor llame a muchos de vuestros hijos y hijas al sacerdocio y a la vida religiosa. No dejéis de animar a los jóvenes a que escuchen la llamada de Dios y dediquen su vida al servicio de Dios entre sus hermanos.
Cristo es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). La fe cristiana que habéis recibido en el bautismo es esta luz que ilumina vuestras vidas y guía vuestras comunidades.
La fe, que si es genuina, ha de ir impregnando cada vez más los auténticos valores tradicionales, que se han forjado con el paso de los siglos y que constituyen el alma de vuestras culturas; pues la fe en Jesucristo es también “un elemento decisivo para aquel proceso civil y humano que tanta importancia reviste para la existencia y el desarrollo de cada nación y de cada Estado” (Euntes in mundum, 5). En efecto, la Iglesia ha puesto siempre particular cuidado en expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo. En el Paraguay tenéis, entre tantos, el ejemplo de Fray Luis Bolaños, que tradujo al guaraní el Catecismo del Concilio de Lima de 1583. “La Iglesia – ha recordado al respecto el Concilio Vaticano II – no disminuye el bien cultural de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno” (Lumen gentium, 13).
5. He oído de vosotros el testimonio de los grandes problemas que os afectan. Conozco las dificultades y sufrimientos que afrontaron vuestros padres en el pasado y también los que encontráis vosotros en la hora presente. En la vida de vuestras comunidades se dan frecuentemente situaciones de pobreza, de enfermedad, y incluso de olvido social. Sin embargo, de nada serviría que os abandonaseis al desánimo. La fe debe llevaros pues, a asumir estas realidades con una nueva perspectiva. Recordad el ejemplo de Jesús, particularmente cercano a todo el que sufre: su vida de trabajo pobre y humilde, sus palabras de consuelo a los cansados y agobiados (cf Mt 11, 28-30), su aliento de esperanza a “los que tienen hambre y sed de justicia” (Ibíd., 5, 6) y a “los que buscan la paz” (Ibíd., 5, 9).
Vuestros deseos de promoción integral son justos. Ante todo, queréis ser respetados como personas, y que sean reconocidos y tutelados vuestros derechos, tanto humanos como civiles. Conozco los graves problemas que os afectan; en particular lo que se refiere a tenencia de tierras y títulos de propiedad. Por ello apelo al sentido de justicia y humanidad de todos los responsables para que se favorezca a los más desposeídos. Desde los comienzos de la evangelización, en estas tierras, la Iglesia defendió la libertad y la dignidad de los indígenas, de cuyos derechos los misioneros fueron frecuentemente portavoces en contra de los abusos a que, a veces, vuestros antepasados se veían sometidos.
Queréis también ser gestores del desarrollo de vuestros pueblos, y pedís respeto a vuestras culturas, a las decisiones libres que tomáis. Deseáis al mismo tiempo una promoción, a nivel económico y humano, que favorezca vuestro propio progreso, mediante una educación que sepa conjugar y integrar vuestros valores tradicionales con los adelantos del mundo de hoy. Por mi parte animo y seguiré animando como Pastor de la Iglesia a toda la sociedad paraguaya para que continúe la gran síntesis intercultural realizada en Asunción y en las tierras de los ríos Paraná y Uruguay desde hace cinco siglos, la cual fue un modelo para el mundo. Quiero también hacer un llamado a la solidaridad (cf. Sollicitudo rei socialis, 40) a todos los paraguayos de buena voluntad para que, sin caer en la indiferencia egoísta, colaboren en la tarea de integrar a sus hermanos indígenas en la comunidad nacional. Por ello, aliento los esfuerzos que se han realizado y se siguen haciendo para lograr esta deseada meta.
6. La Palabra de Dios que acabamos de escuchar, tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos, nos decía: “Acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios” (Rm 15, 7). El Apóstol nos invita a acogernos mutuamente, a ser comprensivos unos con otros, a crear entre todos un clima de convivencia pacífica. En efecto, la paz es un gran valor para el hombre: Cristo resucitado saluda a sus discípulos dándoles la paz (cf Jn 20, 19). Ella es un bien imprescindible para el desarrollo de vuestros pueblos. La violencia en cambio, no es el camino para la resolución de los problemas, pues ofende a Dios, a quien la sufre y a quien la practica.
Sin embargo, la exhortación del Apóstol no es una invitación a la pasividad, sino al trabajo ordenado y continuo, orientado a superar las divisiones históricas y culturales que, dentro y fuera de vuestras comunidades, puedan dificultar la convivencia y la paz.
No hay que olvidar, por otra parte, que las riquezas culturales que habéis heredado de vuestros antepasados no pueden ser un motivo para que os cerréis “en un aislacionismo infructuoso”, (Puebla, 424)como señalaron los obispos latinoamericanos en Puebla. Respetando todos los valores culturales propios, tened siempre presente que la falta de “formas estructuradas de educación, de escritura y de ciertas destrezas y hábitos mentales, son circunstancias que marginan y mantienen en situación de desventaja” (Ibíd., 1015).
7. “Por mi parte, –nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos– estoy persuadido… de que también vosotros estáis llenos de buenas disposiciones, henchidos de todo conocimiento y capacitados también para amonestaros mutuamente” (Rm 15, 14).
En toda esta labor de evangelización, que incluye también una solicitud eficaz en favor de la promoción humana, es fundamental el trabajo de los catequistas. Es el Señor quien, por intermedio de los obispos, los envía a vuestras comunidades para cooperar en la misión que El confió a su Iglesia de enseñar el Evangelio a todas las gentes (cf. Mt 28, 19-20).
Queridos catequistas: Seguid adelante con verdadera entrega y con generosidad y no os desaniméis en esta encomiable labor. El Señor enciende y reaviva la fe en los corazones de quienes os escuchan, a través del testimonio de vuestra vida cristiana, y de la enseñanza sistemática y constante de la doctrina de Jesús.
La tarea que realizáis es especialmente importante en aquellos lugares, donde por necesidad los fieles se ven privados de la presencia del sacerdote durante prolongados períodos de tiempo. Recae, entonces, fundamentalmente sobre vosotros la misión de evangelizar, para lo cual necesitáis una preparación doctrinal adecuada y una sólida vida espiritual. Que la enseñanza y difusión de la doctrina de Cristo entre los indígenas vaya también acompañada de vuestra preocupación por la promoción humana de estas comunidades. El ejemplo de vuestra caridad cristiana –manifestada en obras concretas en favor de esta promoción– será una manera eficaz de alentar en ellos la práctica de la fe, cuando vean en vuestras vidas un fiel reflejo de la doctrina que enseñáis.
8. Deseo dirigir ahora mi palabra a los habitantes no indígenas de esta tierra, muchos de ellos inmigrantes de Europa central. Es bien sabido que, con constancia y tenacidad admirables, vais cimentando unas bases económicas y un hogar acogedor para vuestras familias, a la vez que contribuís al progreso de esta nación.
El hombre, desde el principio de la creación, ha sido puesto por Dios para someter la tierra y dominarla (cf. Gn 1, 28). En las tareas agrícolas, el hombre se siente especialmente colaborador con el Creador. En ellas se compenetra el trabajo del agricultor con el don de Dios, la tierra. Por eso, cuanto más se somete y se domina la tierra, tanto más el hombre debe acercarse a Aquel que le ha dado todos los bienes que ella contiene.
Es preciso pues que vuestros afanes no os lleven a olvidaros de las obligaciones de todo cristiano para con nuestro Padre Dios. Celebrad el domingo, día del Señor, cumpliendo el precepto dominical. No descuidéis la educación cristiana de vuestros hijos, dedicándole todo el tiempo necesario, igual que a los demás aspectos de su formación.
El trabajo agropecuario trae emparejados hábitos y costumbres de gran valor humano: fomenta la solidaridad con los más necesitados, inclina los ánimos a compartir los bienes y es fuente de amistad, de amor familiar y de paz. Al mismo tiempo os impulsa a vencer el aislamiento y a entrar en amistosa y cada vez más estrecha comunicación con los hermanos indígenas.
En vuestro conocido ahínco por mejorar las condiciones de vida de estos pueblos, no deja de ser valiosa la relación con los cristianos no católicos que trabajan en estas tierras. A ellos quiero dirigir también mi saludo y mi palabra. Como recordé en mi última Encíclica, la obligación de empeñarse por el desarrollo de los pueblos es un deber para todos y cada uno de los hombres y mujeres, “en particular para la Iglesia Católica y para las otras Iglesias o comunidades eclesiales, con las que estamos plenamente dispuestos a colaborar en este campo” (Sollicitudo rei socialis, 32). Espero que esta cooperación se acreciente y sea cada día más fructífera en este país.
Pohayhú che corazö mbytetéguivé cbe hermano kuéra. Aikua ‘á pende kaneó; añandú pendé angatá; aimé penendivé. Ñandajara pendé rayhú; Te pendé rovasá. Ta pendé membareté. Pe joajú, peiko poravé haguá. Pejoayhuke Ñandejara Jesucristo Oipotaháicha.
(Les amo de todo corazón, queridos hermanos. Conozco sus fatigas; siento sus quebrantos; estoy con ustedes. Dios les quiere; El les bendiga. les dé fuerzas. Únanse para que puedan vivir mejor. Ámense los unos a los otros como Jesucristo lo quiere).
9. Queridos hermanos: Con profunda alegría he estado hoy con vosotros. Al terminar este encuentro, que tiene lugar durante un Año Mariano, dirijamos nuestra mirada hacia “Tupasý”, hacia María, Madre de Dios y Madre nuestra:
– a Ella, que alaba al Señor porque derrama su misericordia de generación en generación y – desplegando la fuerza de su brazo – ensalza a los humildes; (cf Lc 1, 46-55)
– a Ella, que es la Causa de nuestra alegría, el Consuelo de los afligidos, el Auxilio de los cristianos;
– a Ella acudimos para que “el Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15, 13).
Itapé vivió una jornada histórica marcada por la fe, el trabajo en equipo y el compromiso del Estado con las tradiciones del pueblo guaireño.
En un acto cargado de emoción y simbolismo, autoridades nacionales y departamentales participaron de la entrega oficial de la culminación de la infraestructura del Santuario de la Virgen del Paso, en la ciudad de Itapé, uno de los principales centros de devoción mariana del departamento de Guairá.
El evento contó con la presencia del presidente de la República, Santiago Peña, y del vicepresidente Pedro Alliana, quienes acompañaron a las autoridades locales en una jornada que reafirmó la importancia de la fe como pilar de cohesión social y de identidad cultural del Paraguay.
La obra, entregada a la Diócesis correspondiente, representa mucho más que una mejora edilicia. Se trata de un espacio renovado que fortalece las tradiciones religiosas, impulsa el turismo interno y se proyecta como un punto de encuentro espiritual para miles de fieles que, año tras año, llegan hasta Itapé para honrar a la Virgen del Paso.
Desde la Gobernación de Guairá, destacaron que la culminación del santuario es fruto de un verdadero trabajo en equipo, articulado entre el Gobierno Nacional, el gobierno departamental, la Iglesia y la comunidad. “Es una obra hecha para el pueblo guaireño, que deja huellas en el presente y sienta bases sólidas para el futuro del departamento”, señaló el César Sosa, gobernador del Guairá.
El Gobierno Departamental reafirmó, además, su compromiso de seguir impulsando acciones que nacen del esfuerzo conjunto y que promueven el desarrollo integral de Guairá, respetando sus valores, su historia y su profunda espiritualidad.
La jornada cerró con un mensaje de esperanza y unidad, encomendando al departamento y al país a la protección de la Virgen del Paso. “Che Sy, Virgencita de Itapé, ya estás en tu casa terminada. Bendecí a nuestro querido Guairá y a la República del Paraguay”, expresaron las autoridades, en un gesto que reflejó el sentir de toda una comunidad.
Con fe, gestión y compromiso, Guairá sigue avanzando, dejando huellas que fortalecen su identidad y su proyección hacia el futuro.
Alguien como Miguel Fritz es quien nos permite seguir creyendo en un sector de la Iglesia Católica comprometida con la suerte de los más pobres, alguien que viene a plantarse con valentía y dignidad en el altar mayor del Paraguay, ante la multitud de fieles, ante los micrófonos y las cámaras, con la actitud del profeta que clama en el desierto. Quizás muchos no escuchen o no hagan caso… pero muchos, sí.
Su voz es como la del profeta bíblico que clama en el desierto y quizás muchos no la escuchen o la escuchen y no le hagan caso, pero puede que algunos sí… y que importante es que resuene su voz un domingo desde la explanada del Santuario de la Virgen de Caacupé.
Es un obispo como los demás y viste casi igual como lo demanda la liturgia de la Iglesia Católica para estos rituales, pero hay algo que lo distingue. Su mitra —la gorra ceremonial que simboliza su autoridad eclesiástica—, está cubierta por un tejido artesanal con pinturas indígenas del Chaco. Es el símbolo del lugar de donde viene y principalmente de a quienes representa.
Se llama Miguel Fritz y aunque nació en 1955 en Hannover, Alemania, desde 1985 trabaja pastoralmente en el Paraguay, primero como vicario parroquial en Independencia, Guairá y desde 1998 se hizo parte del duro paisaje chaqueño, como vicario de la parroquia Santa María, en Mariscal Estigarribia, Boquerón, donde aprendió a encarnar los padecimientos y las esperanzas de los pueblos indígenas olvidados, los más pobres entre los pobres.
Es teólogo y antropólogo. Es miembro de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, OMI. De 2007 a 2010 fue superior de esa orden religiosa en el Paraguay. En 2016 asumió como vicario delegado del Vicariato Apostólico del Pilcomayo y párroco de la Parroquia en la Misión San Leonardo de Escalante (también conocida como comunidad indígena San Leonardo, Comunidad Indígena Fischat o Misión Escalante, del pueblo Nivacle, ubicada al final de la ruta PY05 en el kilómetro 584, en la frontera con Lamadrid, Provincia de Formosa, Argentina, a unos 453 km de Asunción, lejos de todo, pero muy cerca de la realidad).
En abril de 2025, poco antes de su fallecimiento, el Papa Francisco nombró a Miguel Fritz como nuevo obispo del Vicariato Apostólico del Pilcomayo, en reemplazo de otro misionero oblato que sin mucho ruido y bastante coherencia hizo mucho por los pueblos indígenas del Chaco Paraguayo, el recordado monseñor Lucio Alfert.
A pesar de que ha estado ya varias veces oficiando misa y haciendo escuchar su voz en las celebraciones dedicadas a la Virgen de Caacupé, este domingo 30 de noviembre fue la primera vez en que Miguel lo hizo como nuevo obispo en la misa central y su voz ha sonado fuerte y clara en defensa de los indígenas, en un momento en que tanta falta hace su resonancia:
Estas fueron algunas de sus palabras:
—“Tanto más indigna tener que ver siempre de nuevo a familias humildes campesinas y principalmente indígenas ser despojadas de sus habitaciones. Siguen los desalojos violentos de comunidades enteras, a veces por fuerzas del orden público —aunque uno puede preguntar qué orden se crea cuando se queman casas y chacras, dejando niños con sus padres y llorando en la calle— y otras veces por ‘servicios contratados’, enviados por un estanciero, como pasó en Karapa, el mes pasado. Por otra parte, no hay ningún apuro para desalojar a invasores que se colocan dentro de tierras indígenas y hasta arman estancias, como es el caso de Loma”.
—“Ya me cansa tener que repetir todos los años este mismo grito contra los desalojos injustos e inmisericordes de comunidades indígenas. Estoy tentado de hacer mía la exclamación del profeta Habacuc, que el Papa León cita: ‘¿Hasta cuándo, Señor pediré auxilio sin que tú escuches?’”.
—“¡Ojalá, que alguna vez, el INDI cumpla su función! Y ahora una vez más con un nuevo presidente y vuelta su oficina a Asunción como es necesario y debido, sin que los vecinos rechacen la presencia de indígenas en su barrio, ¡Qué triste testimonio!”.
—“Los indígenas son expulsados, No son solo ‘sin tierras’, son ‘sin calles’, ‘sin ningún lugar’ donde sean bien recibidos. Cómo dijo acertadamente monseñor Gavilán: ‘Valoramos al guaraní, pero no a quienes nos lo heredaron’. El bien común no lo podemos soñar, mientras que sigan la discriminación y el racismo en nuestra sociedad”.
— “¿Cómo piensa el Estado que sean cumplidos sus derechos, en parte bien plasmados en el Plan Nacional de Pueblos Indígenas, pero sin asegurar el presupuesto necesario? El bien común no lo podemos soñar mientras que no tengamos un presupuesto que considere a los sectores más necesitados”.
—“Realmente es hora de despertar. No podemos continuar con los ojos cerrados, sobre todo ante tanta injusticia, tanta corrupción, tanto nepotismo, tanto enriquecimiento ilícito (…). Vemos crecer algunas élites de ricos que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común”.
—“Es hora de tomar conciencia del desastre que estamos provocando o si seguimos despojándonos de los últimos árboles o si seguimos envenenando tierra, aire, agua y a nosotros mismos con tantos agrotóxicos”.
Quienes conocemos desde hace tiempo la tarea apostólica y humana de Miguel Fritz sabemos que sus palabras no son solamente teóricas, sino que están respaldadas por casi tres décadas de convivencia con los pueblos indígenas y los pobladores del Chaco, compartiendo el polvo de los no caminos, la sed y el hambre, las carencias antiguas, como también la lucha, los sueños y las esperanzas de un tiempo mejor.
Alguien como Miguel Fritz es quien nos permite seguir creyendo en un sector de la Iglesia Católica comprometida con la suerte de los más pobres, alguien que viene a plantarse con valentía y dignidad en el altar mayor del Paraguay, ante la multitud de fieles, ante los micrófonos y las cámaras, con la actitud del profeta que clama en el desierto.
Quizás muchos no escuchen o no hagan caso… pero muchos, sí.
En la Audiencia General de este miércoles 19 de noviembre, León XIV explica que la esperanza cristiana responde a los desafíos a los que hoy está expuesta la humanidad entera, deteniéndose en el jardín donde el Crucificado fue depositado como una semilla, para resucitar y dar mucho fruto.
Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano
El ciclo jubilar «Jesucristo nuestra esperanza» guió la catequesis del Papa León XIV este miércoles 19 de noviembre de 2025 en la Plaza de San Pedro. El Santo Padre invitó a los peregrinos a reflexionar sobre el nexo esencial entre la “espiritualidad pascual y la ecología integral”, inspirándose en la escena de María Magdalena en el jardín de la Resurrección, un evento que ilumina las cuestiones candentes que interpelan a la humanidad contemporánea.
Ante unos 40.000 fieles procedentes de los cinco continentes, el Obispo de Roma se refirió a la figura de la Magdalena, quien, frente al sepulcro vacío, solo percibió la presencia de un supuesto jardinero. Las preguntas de Cristo resucitado, “¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?”, se dirigen también a la conciencia de cada creyente, obligándonos a meditar sobre el “vínculo entre la Resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual”.
León XIV acentuó el profundo simbolismo del jardín. El drama de la Pasión —el abandono, la condena y el ultraje— no concluye en la oscuridad, sino que culmina “en la paz del sábado y en la belleza de un jardín”. Esta imagen remite al jardín de la Génesis, el espacio prístino de la creación, y a la vez, el lugar que Jesús cultiva y custodia.
Al rememorar las palabras finales de Cristo en la cruz, el Pontífice enfatizó que “Todo se ha cumplido” no es un final, sino el destino de la obra del Maestro: la restitución del Paraíso perdido. Este altísimo cometido, recordó el Papa, se confía ahora a cada discípulo. Solo al escuchar su nombre del “Hombre nuevo” —el Resucitado—, la Magdalena pudo comprender su propia misión evangelizadora.
El Sucesor de Pedro retomó la enseñanza del Papa Francisco en la encíclica Laudato si’, advirtiendo sobre la “extrema necesidad de una mirada contemplativa”. Si el ser humano abdica de su rol de custodio, inevitablemente “deviene en devastador de la Casa Común”.
El Santo Padre subrayó que la esperanza cristiana responde a los desafíos que enfrenta toda la humanidad hoy deteniéndose en el jardín donde se colocó el Crucificado como una semilla, para volver a brotar y dar mucho fruto.
La fe en la muerte y resurrección de Jesús es, por ende, el “fundamento de una espiritualidad de la ecología integral, fuera de la cual las palabras de la fe se quedan sin conexión con la realidad y las palabras de la ciencia se quedan fuera del corazón». En este sentido, dijo que «la cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación». Por tal motivo, planteó que «debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia».
Asimismo, el Pontífice puntualizó que «los cristianos no pueden separar de ese cambio de dirección que les requiere seguir a Jesús». «El hecho de que María se volviera aquella mañana de Pascua -afirmó- es una señal de esto: solo de conversión en conversión pasamos de este valle de lágrimas a la nueva Jerusalén. Tal pasaje, que empieza en el corazón y es espiritual, modifica la historia, nos compromete públicamente, activa solidaridad que desde ahora protegen personas y criaturas de las ansias de los lobos, en el nombre y fuerza del Ángel Pastor».
De este modo, los hijos de la Iglesia pueden encontrar hoy, según el Papa, millones de jóvenes y de otros hombres y mujeres de buena voluntad que han escuchado el grito de los pobres y de la tierra dejándose tocar el corazón. «Son muchas -destacó- también las personas que desean, a través de una relación más directa con la creación, una nueva armonía que los lleve más allá de tantas laceraciones».
Al terminar su alocución, Prevost deseó que «el Espíritu nos dé la capacidad de escuchar la voz de quien no tiene voz». «Veremos, entonces, lo que los ojos aún no ven: ese jardín, o Paraíso, al que solo nos acercamos acogiendo y cumpliendo cada uno su propia tarea».